EL GRAN NEGOCIO DE LA INDUSTRIA FARMACÉUTICA (II): Médicos engañados y pacientes perjudicados
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Cuando se nos receta un medicamento para una dolencia concreta, no nos planteamos si ha sido comprobada su eficacia totalmente, y ha pasado por todos los filtros competentes y tiene registradas pruebas que demuestren efectividad.

A decir verdad, si le hiciéramos estas interrogativas al doctor que nos va a suministrar el fármaco, al igual que nosotros, él no dudaría de su efectividad y de que es el tratamiento indicado para nuestro malestar. De no ser así, no estaría en el mercado, habría sido retirado. Y en cuanto a los consabidos efectos secundarios, nos respondería que raro es el medicamento que no presenta alguno de ellos, y en el prospecto se aclaran bien tanto las contraindicaciones, como los efectos secundarios de todo tipo.

A él, como médico, le toca tener en cuenta el historial y evitar que nuestro tratamiento no esté contraindicado.

Confiamos en la profesionalidad del médico, y el médico confía a su vez en la profesionalidad, más que sobrada, del laboratorio que en su día le recomendó este medicamento.

am_79215_4456595_655771¿Por qué íbamos entonces a dudar de las palabras de nuestro médico de familia?

Seamos directos. Porque lo más grave es que no todas las industrias farmacéuticas actúan con total transparencia. Damos por sentado, que la medicina se fundamenta en la evidencia y en los resultados imparciales de sus ensayos. Pensamos que los médicos se mantienen continuamente al día, gracias a las publicaciones médicas. Que cuentan con una buena formación y por descontado, que cuando se da salida al mercado a un fármaco, pasa por una larga criba hasta que se autoriza su comercialización.

Craso error.

Antes de entrar en materia sería bueno un repaso a grandes rasgos de los pasos por los que pasa un medicamento sin probar, hasta que llega a la farmacia.

En la naturaleza, muy a menudo en las plantas, se hayan moléculas que son capaces de aliviar y curar un lugar determinado de nuestro organismo, que se ha visto dañado.

A veces la molécula en sí, basta para convertirse en medicina. En otras ocasiones, es necesario añadirle otra sustancia, para potenciar o reducir sus efectos.

¿Cómo se sabe si una molécula con propiedades medicinales es, por ejemplo, valiosa para un dolor o inflamación?

En primer lugar se reproduce por medio de la molécula adecuada, dicho dolor o inflamación. Si esta molécula “medicinal” es capaz de entorpecer o incluso frenar estos efectos, seguramente también sea capaz de hacerlo en animales, y si tiene éxito, probablemente en personas.

A continuación se realizan cientos, e incluso miles de ensayos y pruebas en una gran cantidad de diferentes formas imaginables, en los que entre muchos detalles, se tienen en cuenta el tiempo que tarda en hacer efecto, la duración del mismo, efectos secundarios a largo o corto plazo, fallos… Pero sólo hasta que no se da con el “fármaco” idóneo en todas sus formas, no pasa la siguiente prueba. Por supuesto se guarda un dilatado registro de todos los ensayos, correctos o erróneos. Si la molécula finalmente tras todos los ensayos no da los efectos deseados, se descarta.

ensayos01Es entonces cuando la empresa debe presentar, al menos dos o tres ensayos clínicos en los que han participado como mínimo mil pacientes en cada uno de ellos y se ha demostrado su eficacia a las entidades reguladoras para obtener la debida licencia.

Conseguir una licencia comercial de este tipo es muy costoso y realmente complicado. Cuando se obtiene, es para una dolencia específica y sólo tiene licencia para ésta. Aunque esté demostrado que puede servir para otras dolencias.

Pongamos por ejemplo: obtenemos una autorización y licencia para comercializar un fármaco para un tipo de cáncer, pero sabemos que también sirve para otra dolencia cancerígena. Con tal de evitar realizar de nuevo el proceso, el tiempo que nos conllevaría y los altos costes, muchos desechan obtener esa licencia.

No obstante, los médicos, si tienen la evidencia de que es beneficioso para esa otra dolencia, tienen el poder de recetarlo a los pacientes que lo precisen, aún al margen de las indicaciones.

La única forma de saber si una nueva sustancia es mejor que la que existe en el mercado para una dolencia concreta, es comparándolas. Pero es lo que no exigen las entidades reguladoras, y ahí es donde está la trampa. Se conforman con que sean mejor que un placebo.

Las farmacéuticas, deseosas de obtener enormes beneficios, más que buenos resultados, y amparándose en el bajo listón de estas “entidades reguladoras”, no tardan en obtener su licencia para fabricar, comercializar y distribuir su nuevo fármaco. Es curioso el dato de que las grandes farmacéuticas tardan muchísimo menos en obtener sus licencias que las farmacéuticas menores.

Pero lo realmente grave es que muy a menudo, las industrias maquillan estos ensayos clínicos, como han demostrado estudios aleatorios posteriores, incluyendo “falsos” positivos en los mencionados ensayos, y les quitan importancia a los “supuestos” efectos secundarios. A sabiendas que es un fármaco que no sirve, han de recuperar los costes y si es posible sacar una buena tajada antes que se descubra.

Como resultado, multitud de medicamentos, han sido comercializados de forma “alegre”, para luego tener que retirarlos al poco de su salida, porque en el mejor de los casos, no producían los efectos deseados, y en los peores, empeoraban la dolencia e incluso provocaban la muerte.

Pongamos como ejemplo, el caso más famoso y triste, el del ensayo de supresión de arritmias cardiacas (CAST en inglés). Los fármacos aprobados evitaban en los pacientes supuestamente, arritmias que podían llevarles a una muerte segura. Ante los malos resultados tras su salida, se inició un ensayo específico, y hubo que terminarlo antes de lo previsto para retirarlo del mercado, porque estos fármacos, lo que aumentaban, era el riesgo de muerte por anomalías cardiacas.

Se evitó la continuidad de la comercialización de éstos, pero mientras tanto, fallecieron más de 100.000 personas gracias a ellos.

No hablamos de una sustancia ensayada a conciencia, probada primero en cobayas y luego en humanos. No hablamos de un fármaco del que se ha comprobado del derecho y del revés sus efectos a corto y a largo plazo en los pacientes que presentan los perfiles habituales.

Hablamos de fármacos que se prueban a toda velocidad, se maquillan sus resultados, y se obtiene su licencia a golpe de talonario. Hablamos de miles de millones de beneficios sacados de un fármaco que a posteriori no se ha vuelto a comprobar.

dinero

Y si no ha funcionado, y ha causado males irreparables en el paciente, los gobiernos no han tomado cartas en el asunto. Tan sólo los pacientes, a base de insistir toda una vida, en pocas las ocasiones se les reconoce que se les dio un medicamento no adecuado, y se le dará una compensación que apenas cubrirá las secuelas que sufre. La gran farmacéutica apenas recibirá una palmada en la nuca, abrigada bajo su manto de grandes abogados defensores, y los médicos quedan como al que le dieron gato por liebre. Y esto, es sólo un pequeño resumen.

Ante tal panorama, no es de extrañar que ante según que dolencias leves, los médicos recomienden los remedios de la abuela. - difunde       

Olga Gómez

Fuentes información: Mala Farma. Ben Goldacre. Editorial Paidós.

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