HOWARD CARTER Y LA MALDICIÓN DE TUTANKAMÓN
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Tebas. Egipto. Hacia 1354 a.C

Tutankhatón, miraba al cielo desde un lujoso y emperifollado palco colgado en lo más alto de aquel imperial palacio faraónico y clamaba ante Amón y ante el pueblo en aquella exótica y jeroglífica antigua lengua egipcia:

-“¡Oh Amón que has reinado en la sombra durante estos últimos pero largos  años, oculta por los desviados pensamientos del que fue, oh Amón, antecesor mío! ¡Oh Amón, tú que me elegiste como emisario tuyo ante este pueblo noble y digno de los frutos con que sacias nuestro orgullo y nuestras despensas! ¡Oh Amón, desde este mismo momento todo ser viviente  deberá llamarme Tutankamón, en tu honor y presencia y Anksenpatón, mi esposa, será llamada por el nombre de Anksenamón, por tu misma gloria y causa!… “

Tutankamón era el faraón de Egipto. Él fue el elegido en vida por Akenatón, gran faraón de faraones, emisario de los dioses, para llevar a cabo la gran tarea de dirigir aquel gran pueblo que florecía fértil en los márgenes del sagrado río Nilo.  Al fin y al cabo el era su propio hijo, aunque con otra fémina diferente a Nefertiti.

El joven rey  no solo había vuelto a rescatar el culto politeísta y la veneración suprema a Amón, desmoronando el legado monoteísta dejado por su padre y suegro Akenatón, el resplandor de Atón, dios del sol, sino que además trasladó de nuevo la capital de aquel Imperio Egipcio a  Tebas, de donde parecía no tenía que haberse nunca debido mover.

Aquella postura de Akenatón, bautizado Amenofis IV, de idolatrar solo a un dios, Atón, en la que incluso se llegaron a prohibir y destruir los iconos de otras deidades, venía en detrimento de la descentralización del poder en los sacerdotes y la burocracia que la diversificación de dioses generaba y que se había instaurado hegemónicamente en aquellos reinados de la dinastía XVIII.

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Efigie del Akenatón, de facciones particulares

Muchos fueron los que, al fallecer Akenatón, contentaron cuando su sucesor, Tutankhatón, renegó de ese monoteísmo y, ya Tutankamón, volvía a proclamar la liberalización de la veneración a múltiples dioses, otorgando de nuevo la relevancia que tenían a todos aquellos sacerdotes y funcionarios de la burocracia real faraónica.

Pero había alguno de ellos que todavía quería más…

La conspiración estaba ya organizada. Todos los protagonistas sabían cuál era su papel. Eje había sido sumo sacerdote durante el reinado pleno de Akenatón. Tras su máscara de fiel sumiso a la dinastía monárquica se escondía un pagano lleno de ansías de riqueza y poder. Todo giraba en torno a un solo Eje, y Teje era su esposa, que había sido nodriza de Nefertiti.

Aquel día Eje había convocado a unos agricultores para que en sus carruajes tirados por caballos mostraran la cosecha de uva recogida, con la cual se elaboraría el delicioso y bacanal vino, para sentido y regocijo de la corte y sacerdocio.

Era un día gris de la estación Shemu, los ibis iban ya migrando al Sur, hacia lugares más cálidos.

Eje había invitado a Tutankamón a presenciar la exhibición vitícola, y honroso, aunque inquieto, el faraón había aceptado la invitación del sumo sacerdote. Y allí mismo, al lado de palacio había quedado el sumo sacerdote con el joven reinante. Y allí se personó, con la puntualidad que le caracterizaba, el ingenuo faraón. No se imaginaba Tutankamón lo que momentos más tarde iba acontecerle.

Un carruaje de dos ruedas tirado por un caballo se aproximaba desbocado hacia el lugar señalado. El faraón, incauto, asido al hombro por Eje, infame protector, que parecía tenerle agarrado con seguridad, se sintió, por un instante, protegido. Lejos, no obstante, aquel, de querer proteger al endeble y real púber, le propició un empujón hacia delante a la vez que le ponía una vil zancadilla. Magnicida y faraónica zancadilla.

Tan mala desgracia tuvo Tutankamón que justo al hincar sus sagradas rodillas en la dura piedra, justo en el mismo momento en que su cabeza levitaba dudosa hacia qué sentido dirigir su caída, en ese preciso instante, el carro, desbocado, pasaba fulgurante, como una centella, por delante de aquel  séquito, repleto de uvas, y de muerte. Aquella gruesa y vetusta rueda golpeaba brutalmente el débil y joven cráneo del faraón.

Y aquel destino no había sido propiciado por los dioses. Aquellas ruedas habían sido giradas por el mismo Eje.

Todo se definió como un accidente, un tropiezo. Menudo tejemaneje el de Eje y Teje. Se habían cumplido sus deseos.  ¡Qué mala uva!

Así pues,  Anksenamón, como no había tenido descendencia con Tutankamón,  lógico por su corta edad, ahora cumpliría quince años, tenía un plazo de setenta días para encontrar un esposo si quería continuar con la dinastía. Setenta eran los días que duraba el embalsamamiento,  tras los cuales se procedía a la sepultura y enterramiento.

tutankamon embalsamiento

Parece que Eje no quería dejar ni siquiera testigos futuros del brutal crimen y encargó a los científicos más eruditos del momento la elaboración de algo muy especial. Era el ántrax de los egipcios, capaz de provocar sofocantes y ralentizadas muertes. Entre los bálsamos y resinas para la momificación parece que pudieron introducir ciertos organismos que más tarde podrían tener consecuencias nefastas en quienes estuvieran a ellos expuestos. Por otro lado sería una manera de propiciar el sosiego de los muertos y, desde luego, lo era para legitimar las maldiciones de los faraones, algunas de ellas, al menos, como la presente, intrigante.

A pesar de los esfuerzos de Anksenamón por encontrar marido entre los hijos de Schupiluliuma, rey de los hititas, el tiempo y manos negras consiguen el retraso de cualquier matrimonio, con lo cual Eje se erige como faraón junto a Anksenamón y Tutankamón es discreta, pero faraónicamente, enterrado, eso sí repleto de arte y mucho oro.

De rodillas, junto a la entrada del faraónico sepulcro, en aquella antesala, quedaba Anksenamón postrada en solemne despedida de su amado y hermanastro esposo. Y allí mismo, a los pies de la puerta, depositaba un ramillete de silvestres y aromáticas flores, para que su frescura y olor le acompañaran allá donde ahora iba a dirigirse, a ese misterioso y mágico mundo de los muertos.

No queriendo fervientemente Eje que se profanara la tumba, en un nuevo intento de ocultamiento de las circunstancias del dramático acontecimiento, imprime en varios sellos mensajes disuasorios en aquel simbólico lenguaje jeroglífico, avisando, de alguna manera, de aquel mejunje fúngico al que se enfrentaría el que osara profanar el faraónico sepulcro…

jeroflificos

Bad Swalbach. Alemania. Hacia 1900 de nuestra era.

Un carro tirado por dos bueyes obstaculiza una carretera estrecha, de esas por las que casi nunca pasa nadie, pero que en esta ocasión venía siendo transitada, aproximándose a gran velocidad, uno de aquellos modernos y flamantes vehículos de motor que habían revolucionado las capitales europeas a principios del siglo XX. La carretera era recta y justo donde se encontraban los bueyes estaba semihundida a consecuencia de un profundo socavón. El conductor, que no vio la escena hasta que no se encontraba a escasos metros de la misma, debió, a su encuentro, dar un volantazo, precipitándose contra un murete de piedras amontonadas en la cuneta. Los pasajeros eran foráneos de aquellas tierras germanas. Uno de ellos, el copiloto, que logró salir primero del vehículo, sacó al conductor, que se hallaba, sin conocimiento, aprisionado entre la ligera estructura del aparato y el montículo pedregoso. Una garrafa de agua sobre su cabeza bastó para volver a reanimar el corazón de aquel turista de cuatro ruedas.

El turista era Lord Carnarvon, un adinerado miembro de la Merry Old England británica. De su padre había heredado una inmensa fortuna y se dedicaba a vivir la vida como un playboy, viajando y disfrutando de todos los lujos y caprichos que en aquella época un humano se podía propiciar. Ya desde su invención, los coches habían sido su devoción y, experto conductor, era raro el verano que no recorría con su vehículo, siempre de última generación, los confines de aquella Europa de la belle-époque. El copiloto, su fiel mecánico, que siempre le acompañaba, en esta ocasión, había salvado su vida.

Lord Carnarvon sobrevivió a este accidente pero su salud quedó notablemente dañada. Su médico le recomienda, así pues, que viaje a Egipto, ya que el clima de El Cairo, con una humedad relativa del aire bastante baja, era ideal para convalecer dolencias como la suya.  Dicho y hecho. En 1903 Lord Carnarvon pasa su primer invierno en El Cairo. El contacto sobre el terreno y la curiosidad de Carnarvon hacen de él un experto aficionado a la Arqueología. Así pues, imaginen, con todo su capital, se convierte en todo un mecenas de la investigación histórica.

Howard Carter era un Arqueólogo con mucho entusiasmo. Llevaba excavando en Egipto desde 1890. Carter, que había nacido en Londres en 1873, fue miembro de la Misión Arqueológica de Egipto y nombrado Jefe de la Sección de Antigüedades.

Ya había descubierto dos tumbas en el Valle de los Reyes para el norteamericano Theodore Davis, pero lo infructuoso de las excavaciones durante los primeros años del siglo XX hicieron desistir al americano y Carter se adhirió a Carnarvon, que buscaba ansioso financiar alguna relevante aventura.

howard carter y lord carnarvon
Howard Carter junto a Lord Carnarvon

Carter y Carnarvon buscaron incansablemente la tumba de Tutankamón. El profesor presumía que sabía su ubicación, en una triangulatura mágica,la formada por las tumbas de Ramses II, Merempta y Ramses VI, dentro del colosal Valle de los Reyes. Una caja y unas vasijas de barro encontradas para Davis delataban la existencia de aquel miembro de la realeza en las proximidades. Y lo buscaron y buscaron durante siete largos años. Pero no hallaron nada.

Y tú, ¿qué habrías hecho si fueras Howard Carter?

A. Mientras haya dinero, hay esperanza. Consultas con tu mecenas el capital que queda para la investigación y como sabes que este lord inglés es una máquina de hacer cuartos, con sus tierras y con sus rentas, tú le sigues ilusionando para que siga soltando la gallina. Llevas muchos años mordiendo la arena para ahora marcharte con el rabo entre las piernas. Tutankamón te está esperando. Sabes que existe. Y las maldiciones de aquellos sellos que se encontraron… son vainas para asustar al personal y a los profanadores de tumbas.

B. Ya estas hastiado de ver tanta arena y tanta duna. El clima de Egipto es bueno, pero llega un momento en que te cansa estar aguantando todo el día tanto calor y a veces tan seco. Ya tuviste suficiente con aquellas dos momias que encontraste con Davis y ahora es el momento de cambiar de aires y volverte a país natal. Allí podrás estudiar las ruinas y los vestigios que dejaron lo romanos, pueblo que tuvo coincidencias sincrónicas con las civilizaciones que se desarrollaron en el antiguo Egipto.

C. Alentado por la pasión automovilística de Carnarvon, inviertes todos tus ahorros en un Ford último modelo y, siguiendo el tren transiberiano, te adentras en lo más profundo de la estepa rusa donde quieres hacer ciertos estudios antropológicos que desde muchos años venían rondando en tu cabeza. Esto sí que es un cambio de aires.

LA MUERTE GOLPEARÁ CON SU BIELDO A AQUEL QUE TURBE EL REPOSO DEL FARAÓN - difunde       

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