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El Cairo. Egipto. 4 de Noviembre de 1922

Un hombre se aproxima a unas ruinas a lomos de un mulo. Era Howard Carter. Con aquella puntualidad británica con que acostumbraba se dirigía, como cada mañana, a la excavación en curso. En este caso la excavación fue emprendida el 28 de octubre, sin Lord Carnavon, pero con su esencia, que era de una importancia capital. La zona elegida para realizar la zanja partía desde aquella tumba de Ramsés VI.

Bajo los pies de la tumba de aquel faraón, Carter había encontrado, años atrás, los cimientos de pedernal de las chozas donde parece residieron los obreros que dieron forma a aquellas funerarias construcciones.

Las zanjas que se habían emprendido hacia el Sur de aquella tumba de Ramsés VI atravesaban cierta parte de aquellos cimientos y no era extraño que en su trazado se encontraran con alguna sorpresa.

Y aquel iba a ser el día elegido por el destino para avanzar los primeros escalones hacia el sepulcro de Tutankamón.

tumba tutankamon

El capataz de la excavación corría hacia el arqueólogo y éste, nada más bajar de su equino, recibía la grata noticia. El equipo de excavadores acababa de encontrar una escalera de roca.

El hallazgo dentro de aquella triangulatura iba a suponer un descubrimiento redondo, tal y como Carter había cuadrado. Sería de lo más hablado dentro del círculo.

Y esta iba a ser la escalera de acceso a tan enigmática embajada. Probablemente el mayor descubrimiento que el británico iría a realizar en su vida.

A lo largo de los días fueron despejando peldaños de aquella escalera hasta llegar a una magnífica puerta que parecía no haber sido profanada, hasta ese momento. Grabado en la misma, el símbolo del Valle de los Muertos, un chacal y nueve prisioneros.

Howard Carter espero a que su patrón volviera de viaje antes de proseguir con las excavaciones, tapando el acceso a las mismas. Lord Carnarvon regresó precipitadamente con su hija al recibir las noticias que Howard le había trasmitido por telegrama y el 24 de noviembre, todos presentes, se procedía a la reapertura de lo tapiado.

tutankamon tumba

Al día siguiente se dispuso el fotografiado de los sellos de la puerta y, a continuación, a su rotura. Tras acceder a un estrecho pasillo, se encontraron por los suelos con fragmentos de vasos de alabastro y de sellos. Parece que la tumba había sido abierta y vuelta a sellar para no delatar su profanación. Unos diez metros más adelante encontrarían otra puerta. En esta ocasión la precintaban sellos de la Ciudad de los Muertos y también del mismísimo Tutankamón y, posteriormente, se comprobó que ésta sería la antecámara a otra cámara principal. Carter agujereo el lado superior izquierdo de aquel muro y tras introducir una vara y una vela, para verificar la inexistencia de gases esta última, asomó su cuerpo por el pequeño agujero alumbrando el interior con la débil candela.

  • ¿ Ve Ud. algo, Carter? – Preguntó Carnarvon.
  • Si, maravillas. – Respondió el absorto Carter.

Una gran copa de alabastro, carros volcados con adornos en oro y cristal, lechos de oro, urnas, una estatua y un sitial de oro. No había ningún sarcófago. Todo se inventarió convenientemente. Todo salvo un objeto. Una tablilla de arcilla donde aparecían unos jeroglíficos que se había encontrado en la antecámara. Cuando se tradujo el contenido del mensaje se borró todo rastro de la existencia de la misma y misteriosamente se perdió. La traducción de la inscripción decía así:

LA MUERTE GOLPEARÁ CON SU BIELDO A AQUEL QUE OSE PERTURBAR LA MUERTE DEL FARAÓN - difunde       

No había que hacer caso a mensajes disuasorios de esta índole y, además, bajo ningún concepto el equipo de trabajadores egipcios debía conocer la existencia de aquella tablilla. En alguna ocasión las supersticiones locales habían frustrado alguna excavación en su momento más álgido debido a malditos mensajes como este.

Tras aquella antecámara estaba la cámara principal. Nadie sabía si allí se encontrarían los restos de aquel joven faraón, Neb-jeperu Ra Tut-anj-Amon, que comenzando su reinado a la tierna edad de 12 años, mantuvo el poder hasta el momento de su traumática muerte, seis años más tarde, cuando contaba con tan solo 18.

Este iba a ser el descubrimiento arqueológico del siglo. Carter había reunido a un grupo multidisciplinar de técnicos y autoridades. Arqueólogos, fotógrafos, dibujantes y especialistas en diversas disciplinas, además de diferentes personalidades como el Ministro de Obras Públicas egipcio, el director general y el inspector general de la Administración de Antigüedades y el director de la sección de Egiptología de Metropolitan Museum de Nueva York.  En total se reunieron en aquella experiencia 20 personas. El London Times iría a cubrir en exclusiva el descubrimiento. Ninguno de ellos se imaginaba lo que iba a acontecer en los tiempos inmediatamente posteriores.

El 13 de febrero de 1923 se procedía a abrir la cámara principal. Carter y Carnarvon, a golpe de escoplo y martillo, hicieron un pequeño agujero. Tras asomar sus cabezas solo pudieron ver una cosa a su alrededor, oro. Eran paredes de oro las que forraban este majestuoso pero pequeño habitáculo, de apenas 5 metros de largo por unos 3,3 de ancho. En su interior, cuatro capillas recubiertas de oro encajadas unas dentro de otras. Y en la más interna de aquellas capillas, un gran féretro de oro reposaba, majestuoso, inerte, dormido. Cuando con mucha suavidad el dorado sepulcro se abrió apareció en su interior otro féretro de dimensiones inferiores a este primero, y dentro, otro de oro macizo. Dentro se hallaba el faraón, protegido, aun más, con su deslumbrante máscara, también, de oro.

La gran sorpresa de los intrépidos arqueólogos fue comprobar que los sellos de aquellos últimos féretros estaban intactos. Nadie hasta ese mismo momento había visto lo que instantes más tarde iban a contemplar.

Eran momentos intensos. Desde que entraron en aquella cámara habían experimentado ambos, Carter y Carnarvon, un extraño estado de conciencia. Una ensoñación onírica inundó, por momentos, sus sentidos. Todas las puertas de la venerable tumba se iban abriendo hasta que al final, tras la última puerta, salía el faraón de su sarcófago, a su encuentro…

howard carter tumba

Y allí se encontraba, más de tres mil años después. Los restos mortales de aquel inquietante faraón estaban muy cerca de ver la luz. El conjunto  se llevó a El Cairo. La tumba se catalogó con el código KV62.

tutankamon egipto

Fueron fechas apoteósicas para unos, terribles y dramáticas para casi todos.

A comienzos de abril de ese mismo año, Carter, recibía la noticia de que Carnarvon había caído gravemente enfermo. Una mañana comenzó a sentirse mal. Tenía 40 grados de fiebre y le azotaban recurrentes escalofríos. Postrado y debilitado, no tardaría la suya en ser la primera extraña muerte que alimentara la existencia de la intrigante Maldición del Faraón Tutankamón. No pasaron más de quince días para que acabara por fallecer. Justo tras el momento de su muerte, El Cairo sufrió un completo y misterioso apagón.

Según su hermana, que allí se encontraba por la gravedad del asunto, su hermano en los últimos momentos desvariaba y no cesaba de nombrar a Tutankamón. Según aquélla, sus últimas palabras fueron “He escuchado su llamada y le sigo”.

Además, según pudo saber su hijo, la perra foxterrier de su padre, que vivía en Inglaterra y que adoraba a su amo, murió, repentinamente, justo a la misma hora en que lo hizo el extrovertido Lord en Egipto.

Ese mismo año fallecía el arqueólogo Arthur C. Mace. Él había retirado la última piedra del acceso a la cámara principal. Nada más morir el Lord inglés, comenzó a sentir un inmenso cansancio, constante, hasta que cayó inconsciente. Murió en el mismo hotel que Carnarvon.

George Jay-Gould, era un multimillonario norteamericano amigo de Carnarvon. Había volado a El Cairo para despedirse de su amigo. Interesado por la tumba le rogó a Carter si podía mostrársela. Dicho y hecho. Carter organizó una excursión por el Valle de los Reyes para concluir con la exhibición de la fascinante tumba.

Al día siguiente, por la mañana, en el hotel, sufría Jay-Gould un acceso de fiebre y al caer la noche, misteriosamente, perecía. Los médicos, reservados en principio, manifestaron posteriormente síntomas de muerte por peste bubónica.

faraon tutankamon

Las noticias de las muertes hicieron correr ríos de tinta. La Maldición de Tutankamón estaba, no solo en la conciencia, sino en boca de todos. Mientras tanto, Carter, proseguía estudiando el yacimiento.

Otro millonario, el industrial inglés Joel Woolf, tras visitar la tumba y embarcar hacía Inglaterra, moría de fiebres a bordo del barco.

Un año más tarde, el radiólogo Archibald Douglas Reed, aquel que cortara el primer trozo de venda de la momia para su posterior examen radiológico, moriría, tras llegar a Inglaterra, de continuados vahídos.

No sería hasta más de dos años y medio después, en noviembre de 1925, cuando se practicara la complicada autopsia de aquella respetable momia. Antes, mientras y después de ir quitando los adheridos vendajes, los forenses, junto a Carter, fueron encontrando multitud de amuletos en los más nobles y refinados materiales. Hasta un total de 143 se hallaron. Y las conclusiones de la autopsia fueron claras. Un adolescente, sin llegar a desarrollarse, de unos 18 años, con unos 1,67 mts. de altura y con un fuerte traumatismo en el lado izquierdo del cráneo que le produjo un coagulo de sangre bajo las meninges, causa evidente de su muerte.

La enigmática leyenda de la maldición seguía fascinando y creciendo.

En muy pocos años, veintidós de las personas que transitaron por aquella tumba faraónica habían muerto en extrañas circunstancias, trece de las cuales habían participado activamente en el descubrimiento.

maldicion tutankamon

Arqueólogos, profesores de universidades, expertos, asistentes, iban cayendo afectados por fiebres, embolias, vahídos…

En 1929, la viuda de Lord Carnarvon muere por la que determinan picadura de un insecto.

Y aquella muerte de la perrita, tras morir su dueño en la distancia, no fue la única muerte encadenada. En ese mismo año, 1929, fallece el que fuera secretario de Howard Carter, Richard Bathell. Tras encontrarlo muerto en la cama por una embolia y comunicárselo a su padre en Londres, éste se arrojó por la ventana. El coche fúnebre con los restos del progenitor atropelló, en su recorrido al camposanto, a un niño, que engrosando tristemente la escabrosa lista de muertos, perdió la vida.

Pero más allá de la trascendencia que tuvo aquella concatenación de muertes naturales relacionadas con la maldición de aquel púber faraón egipcio, que realmente fue conmovedora, quedó el descubrimiento que supuso para la ciencia el increíble hallazgo de aquellos restos, tan antiguos pero tan intactos, y todo aquel ajuar, y toda aquella magia que fascinó y siempre fascinará a la Humanidad.

Carter, que no solo sobrevivió a la maldición sino que prosiguió con su tarea de catalogación de las piezas del yacimiento durante casi diez años, finalmente se retiró de la Arqueología dedicándose, posteriormente, a la asesoría de museos y coleccionistas particulares.

En 1931 anunció que viajaría a Asia Menor en busca de la tumba de Alejandro Magno. Todo un entusiasta buscador. No llegó a embarcarse en tal empresa pero la Universidad de Yale, ese mismo año, le concedió el título de Doctor Honoris Causa y la Real Academia de Historia le hizo  miembro honorífico.

En 1936, a la edad de 64 años, Howard Carter fallecería, en Londres, por causas naturales, habiendo esquivado la ineludible mano de la muerte y deslegitimado, de ese modo, la Maldición de Tutankamón.

En 1962, Ezzeddin Taha, Médico biólogo de la Universidad de El Cairo, creyó haber descubierto la verdadera causa de las muertes que enaltecieron la sombra del faraón Tutankamón.

A través del estudio de multitud de casos, pues incluso antes del insigne descubrimiento no eran extrañas las muertes prematuras de arqueólogos por circunstancias desconocidas, y a través de la utilización del microscopio electrónico, en el Instituto de Microbiología, parecía haber detectado diversos agentes patógenos, como el Aspergillus niger.

Estos hongos, presentes en muchos pacientes que habían manipulado objetos antiguos como momias o papiros, podían ser causa de múltiples afecciones como fiebres o inflamaciones respiratorias. En cualquier caso, y según Taha, todas aquellas muertes ocasionadas por las maldiciones de los faraones podían haber sido combatidas con los actuales antibióticos.

¿Pudieron los embalsamadores preparar entre sus ungüentos formulas magistrales con aquellos hongos patógenos a conciencia de que podrían causar graves daños si se producían exposiciones futuras a los mismos? ¿Sería algún tipo de radiación isotópica, componente de algún amuleto de los que acompañaba el féretro, responsable de tan repentinas defunciones, como también se llegó a barajar?

Al saber que los sumos sacerdotes eran conocedores de fórmulas y remedios naturales con plantas y raíces, me inclinaría por pensar en el conocimiento, por éstos, de aquellos elementos del reino fúngico nocivos para nuestro organismo, tal y como observaran en el desarrollo ficticio que humildemente relaté sobre el embalsamamiento de Tutankamón por Eje.

No quedaron, no obstante, todas las extrañas muertes resueltas con aquella teoría patógena del Aspergillus.

El Cairo. Egipto. Invierno de 1962.

La carretera que une El Cairo con Suez es una vía, a través del desierto, de esas por las que casi nunca pasa nadie, pero que en esta ocasión venía siendo transitada por dos vehículos que, aunque ordenadamente, cada cual en su carril correspondiente, se aproximaban el uno al otro. Justo en el momento en que ambos coches procedían a cruzarse en aquel punto de la carretera, justo en el momento en que el alcance de los dos vehículos podía ser peligroso para ambos, uno de los automóviles daba un volantazo a la izquierda e impactaba violentamente con el contrario, que correctamente dirigía su marcha. Los ocupantes de este último vehículo resultaron gravemente heridos. Los tres ocupantes del coche que había provocado el accidente morirían en el acto. El conductor era el médico Taha y los ocupantes dos de sus colaboradores. Según reveló la autopsia, el conductor sufrió una embolia lo que produjo el fatídico accidente.

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