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Marcelino Sanz de Sautuola

Corría el año 1875. D. Marcelino Sanz de Sautuola era un hombre culto y de gran curiosidad por el conocimiento, especialmente por la Historia y por todo aquello que le rodeaba. Pertenecía a una acaudalada familia montañesa cántabra y en su educación no habían faltado los medios para dotarle con una excepcional educación para la época y con unas exquisitas y refinadas formas aristocráticas.

descubridor de Altamira

Disponía Sanz de Sautuola de entusiasmo, conocimiento, contactos, tiempo y dinero, que era todo lo que en esos momentos hacía falta para emprender aquellas maravillosas y pioneras expediciones científicas que, durante todo aquel siglo XIX y principios del XX, fueron dando a conocer tantas maravillas de este mundo que habitamos.

D. Marcelino, que contaba por aquel entonces con 44 años de edad, residía en invierno en Madrid y en verano se alojaba en una casona familiar situada en la villa montañesa de Puente de San Miguel, dentro del municipio santanderino de Reocín. Y fue precisamente aquí donde, aquel verano de 1875, escuchó a los paisanos del lugar hablar sobre el descubrimiento realizado, unos años antes, por un cazador que casualmente, y buscando a su perro extraviado, halló, tras unas piedras, una inmensa y majestuosa cueva en los prados de Altamira, en el vecino término municipal de Santillana del Mar.

Así fue como, ni corto ni perezoso, decidió don Marcelino emprender la aventura de localizar e investigar aquella portentosa oquedad, por si en ella pudiera hallar restos fósiles prehistóricos, tal y como era la tendencia científica en aquellos años del XIX.
Galerías cueva Altamira

El resultado fue verdaderamente satisfactorio, encontrando el investigador algunas piezas de sílex talladas y algunos restos fósiles de animales que, posteriormente su colega y amigo el geólogo Juan Vilanova, de la Universidad de Madrid, experto en Arqueología y Prehistoria, pudo autenticar e identificar como huesos de bisonte, ciervo megacero y caballo primitivo. Además don Marcelino pudo vislumbrar lo que parecían ser algunas formas rudimentarias pintadas con un pigmento de color negro, pero a las que en un principio no atribuyó demasiada importancia.

Con aquellas satisfacciones quedó Sautuola contento, dejando de lado el tema de Altamira para dedicarse a otras cuestiones, tapiando la entrada de la cueva para su protección de los chiquillos, sin saber lo que, en lo más cenital de aquellas salas cavernosas, el destino le estaba reservando.

Tres años más tarde, en el año 1878, y en una sociedad en la que cada vez se hacía más candente el interés por el conocimiento del origen del hombre y en general de nuestro pasado, Sautuola visita la Exposición Universal de Paris, en donde se consolidan dos recientes disciplinas científicas: la Antropología y la Arqueología Prehistórica.

Es allí donde Sautuola queda de nuevo fascinado por lo avanzado en aquellas disciplinas históricas y por la cantidad de objetos prehistóricos que en la exposición se exhiben, y donde vuelve a resurgir su interés por las Cuevas de Altamira, pensando que su primera intervención fue vaga y que debería volver a realizar alguna nueva prospección para profundizar en sus investigaciones e intentar encontrar nuevos vestigios arqueológicos que encumbren el Patrimonio Español en aquellas inauguradas nuevas ciencias etnográficas.

Altamira patrimonio de la humanidad

Así pues, en 1879, reanudó sus incursiones por la caverna santanderina asesorado esta vez por su colega Vilanova y por Édouard Piette, un francés, erudito en Arqueología y Prehistoria.
En estos tiempos y en cierta ocasión, don Marcelino decidió llevar a la cueva a su pequeña hija María, de 8 años de edad. Mientras el padre excavaba en el suelo de la gruta en busca de restos fósiles, su hija correteaba y jugaba por aquellas oscuras galerías a la luz de un quinqué. Fue entonces cuando, y así lo contaba Sautuola, tras decidir alumbrar el techo de cierta parte de la cueva, la pequeña María absorta y sorprendida exclamaba: ¡¡Papa, mira ahí hay bueyes pintados!!

Don Marcelino levantó la cabeza y observó, de repente, la más majestuosa obra pictórica que jamás había podido contemplar. Quedó completamente atónito y perplejo, no era para menos, acababan de descubrir la “Capilla Sixtina” del Arte Prehistórico.

Bisontes, toros, caballos, todos ellos plasmados con un inusitado realismo y con un fascinante y policromado contraste, fantásticos, inauditos, dignos de ser contemplados y admirados por toda la Humanidad.

¿Y tú, qué habrías hecho?

A. Tras observar el prehistórico retablo y emocionado por el hallazgo, coges a tu hija, montas en tu carro y corriendo te diriges a casa, desde donde comienzas una ardua campaña para comunicar el hallazgo a la comunidad científica.

B. Por un momento piensas que toda aquella grandiosidad prehistórica será finalmente arrasada y destrozada por la multitudinaria afluencia a la cueva, por el gamberrismo y, en general, por las condiciones que se propiciarán debido al nuevo descubrimiento. Además piensas que con lo escéptica que es la comunidad científica no te van a creer. Así pues, haces de tripas corazón y decides sellar la entrada de la cueva con gran cantidad de adobe y hormigón y haces prometer a tu hija María que jamás dirá a nadie que fue testigo de tan maravilloso y espectacular acontecimiento.

C. Tras tus primeras comunicaciones con la comunidad científica, la mayoría de los expertos, escépticos por el hallazgo, comienza a ultrajarte y a vilipendiarte, tachándote de farsante, diciendo que aquellas pinturas las pintaste tú o algún conocido tuyo. Sumido en una fuerte depresión y en un arrebato de locura te apresuras a la cueva. Como un animal, y con completa frialdad, comienzas a picar sobre aquella maravillosa multitud de fauna milenaria que pintada por los primeros hombres fue, en lo más alto de los techos de aquella santa capilla Sixtina arcaica, en aquellos pasados y remotos tiempos cavernarios. No dejas bisonte ¡¡sin cabeza alguna!! Piensas que de este modo aleccionarás a aquellos incrédulos y desagradecidos vejestorios de grasientos monóculos. No está hecha la miel para boca del asno.

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