Los trastornos mentales: el gran negocio de la industria farmacéutica
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Un titular con una grave nota de fondo. Pero… ¿Hasta qué grado es cierto? ¿Son los trastornos mentales, uno de los medios para que las industrias farmacéuticas hagan su “agosto”? ¿Está la comunidad médica colaborando con dichas farmacéuticas para beneficiarse también? ¿Son todos los llamados “trastornos” reales, o son una invención para medicar, e incluso convertir a personas sanas, en potenciales enfermos (clientes) crónicos?

Pongamos por ejemplo, los trastornos mentales tales como la depresión y otros:

El ritmo de vida acelerado en algunas ciudades, el estrés, la presión, el sobreesfuerzo, el agotamiento que genera nuestra vida cotidiana, incluso la crisis que afecta actualmente a los ciudadanos, es un caldo de cultivo para toda clase de trastornos físicos, pero sobre todo psicológicos. Curiosamente, hace unos años, eran los países más desarrollados, los que presentaban un índice alto de personas aquejadas de depresión y otros tipos de trastornos.

Actualmente, el mercado farmacéutico de estos países, entre los que se cuenta el nuestro, está inundado de todo tipo de medicamentos que se dispensan sólo bajo prescripción médica como remedio a estos males.

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En 2015, la depresión entre adolescentes se cuenta entre una de las primeras enfermedades más comunes actualmente en América Latina. El Ministerio de Salud, estima que más de 34 mil personas (7 de cada 10) sufren este trastorno. Parece sorprendente que de repente se publiquen estas cifras. ¿Realmente afecta éste mal a tantas personas, o las industrias farmacéuticas están intentando abrirse a un nuevo mercado, ya que el resto está cubierto?

Un breve repaso al DSM

Quizá el DSM, o Manual Diagnóstico y estadístico de Trastornos mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría pueda darnos una pista de la unión existente entre la Psiquiatría y la industria farmacéutica para que ambos puedan conseguir estos propósitos: vender y obtener beneficios de una medicación que sirve poco o nada al paciente. - difunde       

Este manual, es un compendio de las enfermedades mentales diagnosticadas bajo una base científica, y aparecen ordenadas por categorías y epígrafes, con una explicación del trastorno en cuestión. A través de éste, supuestamente, el especialista tiene un apoyo para dar con mayor exactitud un diagnóstico al enfermo.

Sería bueno recordar que la Psiquiatría como tal, iba de la mano con el Psicoanálisis, y no fue hasta mediados del siglo XX, gracias a la publicación del DSM, que pudo separarse y convertirse en una especialidad médica.

Pero el DSM, esconde algo más. Como muestra, un botón.

En el siglo XIX tan sólo había reconocidas 8 categorías de trastornos. Con la publicación del primer DSM, ya habían 106 categorías de enfermedades reconocidas (un buen salto); en el DSM-II, 182; en el DSM-III, 265; y en el DSM-IV, 297, y el número sigue ascendiendo. Aunque en el actual DSM-V se han eliminado algunos trastornos, se han sumado otros…

Con la Psiquiatría afianzada con todo este sistema de enfermedades categorizadas, y la Psicología de la mano, adecuaron sus productos al nuevo mercado clínico. Con la demanda de tratamientos psicoterapéuticos, que pasaron a la sanidad pública y privada, y que por supuesto incluían la toma de fármacos, y el número creciente de “nuevos trastornos”, el negocio estaba hecho.

Según el Doctor y Profesor en Sociología A.V. Horwitz, en un artículo que escribió para el University of Chicago Press, afirma que todas estas categorías (la base de un diagnóstico médico), son en realidad “creaciones recientes”. ¿Quiere decir que existen “supuestas” enfermedades mentales que en realidad no lo son? Así lo parece.

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En pocas palabras: Si una persona padece dos o más de estos síntomas, podría ser que tuviera tal o cual trastorno, sin más.

Desde mi opinión, no quiero decir que todas las personas con enfermedades mentales se las han “inventado”, o les hayan hecho creer que las padecen. Cuando se tiene un trastorno mental es muy duro vivir y convivir con ello. Y mucho más cuando la persona lleva años probando todo tipo de tratamientos y no encuentra una curación más o menos definitiva.

Por otro lado, seguramente muchos son de la opinión de que hemos avanzado en ciencia y medicina, y que enfermedades que antes no era posible diagnosticar, ahora sí lo son.

Pero hay que reconocer que a día de hoy, muchos casos se solucionan a golpe de receta y a ciegas, pues ahora, en nuestro país, estas competencias recaen actualmente sobre el médico de familia, que no es un especialista en la materia.

Por otro lado, cada poco, los laboratorios visitan clínicas y hospitales para convencerles de la efectividad de un nuevo producto. Sería muy ingenuo pensar que la clínica o el médico responsable no sacan provecho alguno, en principio benigno, de este intercambio. Cuanto más venda su producto, mayores ventajas y provechos para ambos. Sobre todo para la gran empresa farmacéutica.

dandose-manosOtro paradigma es el de los resultados de estos medicamentos, en principio adecuados. Muchos son los casos en que no alivian el mal del paciente o “supuesto paciente”, o incluso lo agravan a corto o largo plazo, teniendo que cambiar la dosis o el fármaco por otro de “última generación”. Lo que lleva a que el paciente sea además de “conejillo de indias” y cliente de por vida en algunos casos, como poco.

En el horizonte tampoco se vislumbra una mejora, pues aunque existen remedios psicoterapéuticos que no incluyen la toma de medicación continuada, sino una ayuda más activa entre terapeuta y paciente, con el objetivo de que la calidad de vida y las pautas mentales de éste cambien para mejor, no es un método que interese, porque no aporta los mismos beneficios multimillonarios a las grandes farmacéuticas.

Posiblemente, sea el enfermo y quienes le rodean los que tienen la llave en sus manos para parar este despropósito.

Todos los derechos reservados. Autora: Olga Gómez Ruiz. 

Fuentes:www.crhoy.com A.V. Horwitz (2002): Creating mental illness. The University of Chicago Press, p.5. La invención de los trastornos mentales. Héctor González y Marino Pérez. Alianza Editorial.

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